La dama de la ventana – 2da parte

Feliz viernes de miedo Y un feliz día de los maestros.

Esta es la segunda parte del cuento

En el cuarto piso Sergio vio algo distinto. No solo estaba la ventana abierta, sino que chorreaba varios hilos de sangre. Cada una caía más rápida que la otra. Sergio escuchó el ascensor abrirse en el tercer piso.

  • ¡Esperen! –gritó mientras corría hacia las puertas corredizas–. ¡No cierren!

Ignoró la ventana. Saltó de las escaleras, se tropezó y se levantó. Un señor trató de mantener la puerta abierta pero el ascensor se cerró de todos modos. Sergio presionó el botón y esperó. El ascensor se detuvo en el séptimo piso. Por más que él esperara el elevador no quería bajar.

  • Maldita sea, tendré que usar las escaleras –se dijo.

Empezó a abajar las gradas una por una, y se repitió:

  • Puedo pensar que la ventana está menstruando y cuando salga de aquí le diré al guarda que algo extraño sucede.

En las escaleras hacia el segundo piso, la ventana no solo chorreaba más sangre, sino que había un brazo sujeto al lado del marco mientras una mano se sostenía del borde inferior.

  • ¡Pero marica! ¡Ahora que es esto!
  • ¡Un piso más! –dijo una voz retorcida y seca–. ¡Solo un piso más!
  • ¡A la mierda!

Sergio se devolvió hacia las escaleras de arriba, pero entonces cuando subió las primeras gradas, vio la luz de afuera hacerle sombra a un brazo en la ventana. Escuchó los dedos sin uñas crujir en el vidrio.

  • Tarde o temprano bajaras –dijo la criatura.

Él escuchó el ascensor abrirse. De inmediato se devolvió.

  • Tarde o temprano bajaras.

Una chica detuvo la puerta mientras Sergio entró como un torpedo.

  • Mira, ayúdame, la ventana está menstruando –exclamó mientras le faltaba el aliento.

La muchacha no reaccionó a ese chiste tan estúpido.

  • ¡Pero que estoy diciendo! –gritó con la mano en la cabeza–. En la ventana hay un monstruo. Ven te muestro.

Apenas intentó tomarla de la mano ella lo apartó.

  • Yo no voy a ver nada, asqueroso –le dijo mientras retorcía su boca y lo observaba de pies a cabeza.

La puerta se cerró y ambos se quedaron mirándose el uno al otro.

  • ¿Esto sube o baja? –preguntó él.
  • Baja –le respondió ella.

Sergio maldijo y se posicionó al lado de la pared. El ascensor se abrió en el primer piso. La chica volteó a verlo por última vez antes de salir, pero al cuando miró al frente retrocedió con un fuerte grito. Sergio pudo leer en su rostro su terror, tal vez por ver algo espantoso. Sin embargo le faltaba pelotas para mirar el mismo.

  • Oye, que vez –le preguntó a la muchacha mientras ella se retorcía en el suelo.
  • Es… Es… No lo sé –dijo ella con calma. Había dejado de temblar y lo miraba directo a los ojos–. Yo no estoy aquí.

La luz del ascensor chispeó, y en algún momento la chica desapareció. Sergio chilló, mientras su pecho comenzaba a subir y bajar.

  • ¿Qué es esto? ¿Por qué me sucede esto?
  • ¿Por qué, dices? –le dijo la criatura, ahora con un tono de voz similar a la muchacha de antes–. Porque viste las señales y no actuaste.

Una mano huesuda se aferró del borde superior de la puerta. Sergio se alejó y se arrinconó en la esquina. Después otra mano con algunos trozos de piel colgando apretó fuerte la pared.

  • Había una ventana abierta –le dijo la criatura–, luego viste la sangre, pero no hiciste nada. ¿Y aun te preguntas por qué? Porque la pared menstrua, bastardo. ¡ESO ES LO UNICO QUE SABES DECIR! –le gritó–. ¡MALDITO BASTARDO!

Otras dos manos se posicionaron al otro lado de la puerta. Los dedos crujieron cuando se deslizaron, como si de esa forma estuviera reteniendo su ira.

  • Eso es lo único que sabes decir. No hiciste nada cuando la ventana estaba abierta. ¿Qué pasaría si otro niño se hubiera caído? ¿Acaso piensas en la madre?

Una cabeza y hombros se asomaron. Sergio se tapó el rostro para no verlos.

  • Podrías haber hecho algo desde el primer momento. Pudiste hacer algo en el cuarto piso, o en el tercero. Pudiste avisarle a los vecinos, pedir ayuda, devolverte a tu cuarto, o esperar el ascensor. ¿Ahora esperar salir bien de aquí?
  • ¡Perdón! –chilló Sergio.
  • Muy bien, te perdonaré con una condición.
  • ¿Cuál? –preguntó Sergio sin ganas de mirarla.
  • ¡Me tienes que hacer un hijo en esta noche!

Sergio la vio de pies a cabeza y enseguida se desmayó. La  mujer terminó de entrar, y la puerta del ascensor se cerró.

Fin.

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Hasta la próxima

 

 

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